«Para escribir un buen libro no considero imprescindible conocer París ni haber leído el Quijote. Cervantes, cuando escribió el Quijote, aún no lo había leído» Miguel Delibes

Carrito

Solo de clarinete

Y tras el fatal desenlace, él árido vacío, la perplejidad del caminante obligado a seguir la ruta en solitario

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Solo de clarinete es el tercer libro publicado en solitario por Maite León.

En este libro, el más íntimo y personal de la autora, Maite León nos propone, desde el dolor que marca la pérdida, un viaje por los rincones del alma y un recorrido por la memoria de una vida compartida con la persona amada.

El libro está divido en tres partes y aunque diferenciadas entre sí, componen un todo coherente y compacto. Los poemas de Maite tienen una hondura y una sencillez no exenta de emotividad y profundidad.

Los poemas están muy trabajados aunque parezca que la aparente sencillez de los versos sea fruto de la espontaneidad, cosa que no es así.

Un libro muy recomendable de leer y de tener de cabecera.


Aún era música, Arenas y Te dejo ir constituyen las tres estaciones de un calvario. Solo de clarinete nos hace partícipes del necesario camino doloso que restituye la vida, ya nunca más intacta, tras una pérdida sensible: el acompañamiento hasta el final (Aún era música), el lacerante aturdimiento de la interminable travesía en solitario (Arenas) y el renacer a la vida en un estado diferente (Te dejo ir).

Como ya hiciera en el primero, Maite León nos ofrece su experiencia en un registro sencillo, no por ello menos poético y profundo, que nos permite compartir el desconsuelo de su trayectoria, común a todo ser humano, y se redime con ello a sí misma y nos redime.

Así nos describe la infinita soledad de quien se encuentra en el definitivo trance: Te miro y no adivino qué pasa por tu frente./Absorto en el rítmico bajar de una esperanza,/ausente, vives en soledad/esa realidad que nos envuelve./[…]/ y espero que al volver, la casa huela todavía a pan tostado (Huele la casa a pan tostado). La desazón perpetúa la espera: Nunca fueron tan deseadas/ las caricias,/ni tan lento mi corazón, a la espera de un día nuevo/que traiga la esperanza,/un signo, de que no hay sólo silencio (Huyes de mis manos), la impotencia y la frustración del deseo de acompañar íntimamente el trance: No sé llegar a ti./[…]/Una capa tras otra,/coraza tras coraza/me impiden ver tu centro./Escarbo, trepo, araño,/no hallo piel que pueda acariciar./Buceo en el fondo de tus ojos/y un lago de tristeza/impide mis braceos (No sé llegar a ti), la reflexiva comprobación del dolor, inherente al ser humano: Cosieron el dolor a nuestra espalda/como marca indeleble de ser hombres (Cosieron el dolor a nuestra espalda).

El poder demiúrgico de la poesía – Anna Rossell (reseña completa en la revista Las nueve musas)

Editorial

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«El destino de muchos hombres dependió de haber o no haber habido una biblioteca en su casa paterna» Edmondo de Amicis