«Los libros tienen los mismos enemigos que el hombre: el fuego, la humedad, los bichos, el tiempo y su propio contenido» Paul Valéry

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El berbiquí

8,96

Rodríguez Aguilar sitúa el grueso de la acción en Madrid (Matrice), si bien hace breves escapadas a Londres (Londinium) y a Amsterdam (Amsteluria), adonde sus viajes de negocios llevan al protagonista, nombres maquillados ligeramente no para camuflarlos, obviamente, sino como un guiño al lector para que lea en clave universal la historia narrada, como una alegoría.

Su historia no es la historia de un hombre concreto, sino la de un prototipo, el del hombre contemporáneo. Tampoco es únicamente la historia del sufrimiento de un enfermo que afronta una muerte próxima y la marginación profesional y social. A pesar de que esto es lo que a primera vista pudiera parecer, la novela es una advertencia, una admonición contra la vida de competencia, desenfreno, estrés y superficialidad a la que nos aboca la sociedad en que vivimos.

La enfermedad supone sencillamente el toque de atención a partir del cual el protagonista observa su vida y lo que ve a su alrededor. La enfermedad es una vía para su redención. En un giro que se manifiesta en la novela a través de un radical cambio de registro –las notas que escribe Markus en su diario- se nos hace partícipes de la profunda transformación que sufre el protagonista. En sus últimos dos años de vida, mientras espera la muerte, Markus experimenta muy rápidamente una involución religiosa, casi mística, que se le antoja como una revelación y le hace leer su enfermedad y su padecimiento como un camino de salvación que da sentido a su existencia: “Hoy, Señor, miro hacia atrás y contemplo el tiempo de Matrice como un periodo de iniciación. Todo aquel tiempo fue parte de un proceso preparatorio. […]. Solo hoy cuento con la distancia necesaria para discernir. Hoy, que estoy inmovilizado, sin nada a lo que dedicarme, me hallo por fin en condiciones de comprender. Ahora veo que todas esas cosas eran solo un principio, el paso previo de una nueva relación. Todas señalaban a un mismo punto. Eran una representación sufrida y sangrienta de lo que verdaderamente faltaba”. En forma de monólogo interior, de oración constante, de salmodia dirigida a Dios, Markus afronta el fin de sus días, reconciliado consigo mismo y en paz. Markus retoma la conversación con Dios que había dejado de niño. Con ello su vida se cierra en un ciclo de regreso al estado puro de la infancia.

 

Reseña completa por Anna Rossell

Editorial

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