«Los libros tienen los mismos enemigos que el hombre: el fuego, la humedad, los bichos, el tiempo y su propio contenido» Paul Valéry

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¡Victoria en Las Navas!

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A mediados del siglo XII, mientras los reinos cristianos reunidos bajo una misma corona se disgregan en cinco reinos diferentes y se enfrentan entre sí por miopes aspiraciones territoriales, una nueva fuerza surgida del norte de África, los almohades, invade Al-Andalus con el objeto de unificar los reinos de taifas musulmanes y conquistar de nuevo toda la Península.

En 1195, en la batalla de Alarcos, el califa almohade Yusuf II derrota estrepitosamente al reino de Castilla que pierde toda la comarca de Calatrava. La frontera con Al-Andalus retrocede desde el Guadiana hasta el Tajo.

Pero en 1212, unidos en una cruzada, los reyes de Castilla, Aragón, y Navarra: Alfonso VIII, Pedro II y Sancho VII, conseguirán vencer al califa almohade en las breñas de las Navas de Tolosa salvando la civilización cristiana.

Entonces, y cuando la carga de la caballería enemiga, desatentada, venía a medio camino, los arqueros agarenos, rodilla en tierra, lanzaron al aire una densa nube de flechas que ocultó el sol a su paso, y estas, avanzando en paralelo unas de otras, cayeron sobre el ejército infiel causando gran mortandad. Y repitieron los lanzamientos hasta tanto que ambas fuerzas no se enzarzaron. En esto que los jinetes cristianos alcanzaron al fin las primeras filas musulmanas y chocaron contra ellas con gran estrépito de metales, espetando a sus caballos contra las puntas de las lanzas sarracenas, que aguantaron el envite con fortaleza. (Alarcos: la batalla)

Acomodados los cruzados en el campamento mahometano, pudieron constatar que solo ocupaban la mitad del mismo, lo que venía a significar que las fuerzas árabes habían doblado a las cristianas. Mientras la caballería perseguía y daba caza a los muslimes que huían en dirección a Vilches, el arzobispo de Toledo propuso al rey de Castilla una acción de gracias a Dios por tan honrosa y decisiva victoria. El arzobispo y cuantos prelados, clérigos y caballeros-monjes prestaban sus armas en el ejército vencedor alzaron sus manos al cielo y, con honda emoción y sentido fervor, entonaron el “Te Deum laudamus”. (Batalla de las Navas de Tolosa)

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