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Pirro: el águila de Epiro

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Pirro de Epiro fue el árbitro que dejó al mundo antiguo servido al voraz expansionismo de Roma y Cartago

¿Por qué Pirro? El rey epirota brilló en una época intermedia entre el efímero esplendor de su vecino macedonio, Alejandro Magno, y el lento pero imparable ascenso de Roma.

Pirro de Epiro fue el árbitro que dejó al mundo antiguo servido al voraz expansionismo de Roma y Cartago.

Pirro (318-272 a.C.), conocido por su soldados como su Águila, fue rey de Epiro en dos ocasiones, de 307 a 302 a.C. y de nuevo entre 297 y 272 a.C. También ostentó la corona de Macedonia en dos breves ocasiones. La Historia le reconoce como uno de los mejores generales de su época y uno de los grandes rivales de la república romana en su expansión por Italia.

Desde muy joven se vio envuelto en las guerras entre los diadocos, los sucesores de Alejandro, en sus interminables luchas por arrebatar una porción del inmenso imperio conquistado por el macedonio. Dichas rivalidades fueron continuadas por los epígonos, los hijos de aquellos ambiciosos generales.

Con una experiencia militar forjada tras su paso por todos los bandos enfrentados, fue llamado por los griegos de la Magna Grecia, amenazados por el expansionismo romano.

Pirro venció en dos batallas a las legiones y llegó hasta las inmediaciones de Roma, pero sin más consecuencia. Roma contaba con los recursos ilimitados de una gran nación en ciernes y los aliados itálicos de Pirro, una vez que desembarcó, temían la tiranía de éste, si finalmente salía victorioso.

Harto de la mezquindad de sus aliados atendió la llamada de los griegos de Sicilia, angustiados por la amenaza cartaginesa. Su suegro Agatocles fue tirano de Siracusa, y Pirro creía tener algún derecho sucesorio sobre el gobierno de la isla.

Pudo vencer y conquistar Sicilia, pero los oligarcas sicilianos le retiraron su apoyo, temerosos de perder aquella independencia que precisamente Pirro debía defender, tan pronto como el epirota gobernó la isla, no como una confederación de ciudades libres sino como un déspota extranjero. Administró con el absolutismo que vio hacer a los Ptolomeos, nombró jueces y magistrados sin importarle los particularismos, costumbres, privilegios ancestrales o fueros de cada ciudad o región.

El legado de Pirro consistía en que hijo su Ptolomeo reinara en Epiro, Macedonia, Etolia, Esparta, Grecia, toda la Hélade bajo su cetro con la ayuda que él le enviaría, una vez conquistada Roma y Cartago. Su hijo Alejandro sería rey de toda la Italia unificada bajo su cetro, y su hijo menor Heleno soberano de Sicilia y Cartago.

Regresó a Epiro, conquistó Macedonia, amenazó Esparta, más guerras y batallas para morir en una miserable escaramuza en las calles de Argos.

PIRRO, EL ÁGUILA EPIRO, relata estos avatares en primera persona, unas veces; a través de sus compañeros de armas otras. Con las diferentes mujeres que se cruzan en su vida y la mirada de sus hijos que le acompañaron desde muy jóvenes en su continuo guerrear.

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