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Contrariedades

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Contrariedades es un libro que se deja leer, que se debe leer, que se disfruta leyéndolo porque su autor es un hombre culto, pero no pedante, comprometido con las luces y sombras de su tiempo, que expone sus perplejidades tanto como sus certidumbres y que sabe que “cada libro sólo se deja leer por un único lector”

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Descripción

Mario Pérez Antolín se mueve en un territorio filosófico-literario de no siempre fácil  clasificación por lo amplio y complejo de los temas tratados en el mismo.

Y no es que al género por el que opta le falte tradición. No,  nada de eso: el suyo parte de la gnomé griega, se impregna de la sententia latina, disfruta con la geografía del aforismo, se divierte con el apotegma y alcanza esa porción de rápida y enigmática certidumbre que produce la frase encontrada, más que por la marmórea frialdad  del razonamiento, por el  ágil capricho  que generan las misteriosas acrobacias  del azar. La suya, pues, es la reine Agilität de Fichte y en ella se encuentra muy a gusto  en esa mixtura, bien dosificada, que combina a partes iguales ironía, inteligencia,  humor, denuncia,  crítica, reflexión y placer. 

Como Aristófanes, afirma que “Sólo nos salva el ridículo”, y muestra aquellos en que suelen caer las ideologías. De ahí que no renuncie a  desenmascarar  sus trampas, sin que ello le impida llegar a conclusiones como ésta, muy próxima al  verso: La mansedumbre con que cae la nieve congela el tiempo. Yo, que he visto caer mucha, puedo corroborar esta afirmación que no se encuentra lejos de una de las mejores páginas de Thomas Mann.  La muerte le parece un “fracaso” mayor que todas las  decepciones, pérdidas y derrotas que podamos sufrir.

Lo que su mirada busca es “lo subyacente y lo subyugante”. Por eso “la evidencia científica y la sugerencia poética” no son vías distintas para él: ambas confluyen al permitirnos “la captación plena de lo comprensible”, como sucede en su atisbo de que “Detrás del insípido poniente, se esconde un retrato de blancura nunca visto”. Admira la extraña sensación  con que nos desdoblamos en el sueño y que nos convierte  “al  mismo tiempo  en personaje y observador”, ya que contemplamos “fuera lo que está dentro”. No otra cosa – conviene recordar – decía Goethe a propósito de la indivisible unión de fondo y forma: Nada hay dentro, nada hay fuera; lo que hay dentro, eso hay fuera. Según Ortega, “Una vida mirada así, desde su intimidad, no tiene forma”. Lo que  Julián Marías explica del siguiente modo: “La forma es siempre el aspecto externo que una realidad ofrece al ojo cuando la contempla desde fuera, haciendo de ella mero objeto. Cuando algo es sólo objeto, es sólo aspecto para otro y no realidad para sí”. A veces él mismo se enamora del caballo de salto que es su propia sintaxis y juega con las construcciones del tipo “qué más adjetivo y dativo – como en latín-  alargándoles las colas como si fuera la de un cometa. Otras lo hace con la coloratura fónica que ofrecen los komposita etimológicos: como cuando afirma que le repugnan las confidencias y que confía “sólo en los libertos-libertarios-libérrimos-libertinos”. 

En ocasiones se decanta por la observación ética – como, cuando subraya que “Nuestra cultura moral descansa en la represión masoquista del instinto y en la hipertrofia alambicada de la conciencia”-  y hay algunas en las que articula un diálogo de tono y temperatura teatral. Reconoce que desconfía de las palabras, pero ellas son el material con el que, como artesano del lenguaje,   trabaja,  e insiste en las terribles consecuencias del pecado de hybris que los griegos tematizaron ya. Hace agudas observaciones sobre el carrito de la compra y el carrito del golf, señalando sus similitudes y -claro está- también sus diferencias. Y no duda en indicar el magnetismo que  entre la prolepsis y la analepsis se establece. No se le oculta la condición lingüística y social del ser humano, y se declara “un agnóstico al que le gusta la oración”. Lo que le hace ser lector de poesía.  Roza las tentaciones de la carencia de toda volición, pero pronto cae en la cuenta de que una decisión así sólo comportaría “una vida plena pero nula”. Horaciano más de lo que él mismo cree, siente ante sí tanto el cambiante espectáculo de la naturaleza -que definió Heráclito- y la sensación que  nos produce “el detrimento de lo estacionario”. Se opone a Ausonio, a los poetas barrocos y  a Rilke que tantas vueltas de tuerca dieron al símbolo de la rosa porque para él “Vivir es penar y gozar” pero “nunca a partes iguales”. 

Confía en el arte más que en la filosofía y, próximo a Heidegger, sostiene que  no alcanzamos la verdad “porque no estamos preparados para ella”. Homólogo de Ulises, difiere de él en su consideración de lo que significa “nadie”, y, llegado a la edad que ahora tiene, advierte que ya es “más evocable que futurible”.   No oculta su sonrisa al afirmar que “el contrato social se ha roto debido a la letra pequeña y a las cláusulas adicionales” que lo  desvirtúan y enmarañan. Y por ello expresa su deseo de ser ilocalizable y “desaparecer de los registros y las bases de datos”.  Lo que no le impide hacer el plástico, lírico e interesante apunte: “Una coreografía de patos salvajes introduce algo de movimiento en este atardecer lacustre de abedules próximos a la desfiguración”. Y el lector piensa que este término – desfiguración –  constituye una de las bases de su poética: otro – como  para compensarlo-  sería figuraciones, pues  uno y otro configuran -nunca mejor dicho- la sístole y diástole de su pensar y de su decir.

  Contrariedades es un libro que se deja leer, que se debe leer, que se disfruta leyéndolo porque su autor es un hombre culto, pero no pedante, comprometido con las luces y sombras de su tiempo, que expone sus perplejidades tanto como sus certidumbres y que sabe que “cada libro sólo se deja leer por un único lector”. Ojalá lo seas tú, como lo he sido yo, de éste.

del prólogo de Jaime Siles, Valencia, 22 de enero de 2020


Mi madre nunca me soltaba dentro de la barca. Ahora, esta mujer con una cruz roja en el chaleco también me abraza como si fuera su hijo. Reparten mantas y no pegan. Yo quiero volver a casa para jugar con mis primos. Tengo miedo del mar porque se enfada sin motivo. Mi madre decía que nos esperaban cosas buenas al final del camino. Ojalá. De momento, la tristeza, el hambre y el frío continúan conmigo.

♦♦♦

Que molesto, ya lo sé. Que estorbo a la mayoría, me consta. Que mis opiniones resultan sospechosas, lo asumo. Que no soy un ejemplo a seguir, no lo discuto. Que altero el orden establecido, podría admitirlo. Por algo me hice poeta.

♦♦♦

Deberían subtitularnos cuando pensamos y, cuando hablamos, deberían enmudecernos.

♦♦♦

Cadena de rechazos: el aristócrata que desprecia al burgués por su codicia, el burgués que desprecia al proletario por su tosquedad, el proletario que desprecia al paria por su haraganería. La estratificación social se basa en una permanente repulsa, la cual no obsta para que se saque un mutuo aprovechamiento entre las partes discordantes. Lo de siempre: me asquea un tanto, pero, si conviene, sería estúpido no sacar partido. Condenados al pacto detestable.

♦♦♦

Evita que la muerte tenga envidia de tu felicidad. Deja siempre, en tus logros, una pequeña parte sin cumplir. Tómatelo como un seguro de vida.


 

Contrariedades

AutorMario Pérez Antolín
PortadaVer portada
EditorialEdiciones de La Isla de Siltolá
Año2020
Nº de páginas144
ISBN978-84-17352-63-9

Mario Pérez Antolín

Mario Pérez AntolínMario Pérez Antolín (Stuttgart, 1964) es uno de los aforistas más importantes de nuestro país.Sus libros en este género (Profanación del poder, La más cruel de las certezas, Oscura lucidez, Crudeza y Contrariedades) han recibido elogios de escritores tan eminentes como Eugenio Trías, Victoria Camps, Joan Subirats, Vicente Verdú, Juan Carlos Mestre o Jaime Siles.Antólogo de Concisos, que reúne a los mejores aforistas españoles contemporáneos.Autor de cuatro poemarios: Semántica secreta, Yo eres tú, De nadie y Esta ínfima parte de infinito.Parte de su obra ha sido traducida al árabe, al italiano y al francés.«Pocas cosas me han arrebatado, pero las que lo han conseguido dejaron en mí tal huella que aún hoy no paso un día sin entregarme a su deleite: los libros, la música, el cine, los viajes. Después de varios intentos fallidos, por fin puse algo de orden en esta cabeza donde voy colocando, como en un trastero, las convicciones que ya no sirven más que para recoger polvo. Tengo la sensación de haber llegado tarde a la mayoría de las ideas geniales. Ideales no tengo. Carezco de credos e ideologías; me alimento tan sólo de aquello que no daña mi inteligencia, mis sentimientos y mi estómago. En cuestión de amores, reconozco que no estuve a la altura cuando se me dio en exceso, y que en época de hambruna se me acrecienta el apetito».

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